Cuando conocí a Pedro sentí que no nos entendíamos. Había venido para tratarse un cáncer metastático de próstata que se había pasado a la columna vertebral. Hablaba tanto que me era difícil preguntarle algo. Comprendí que tenía problemas para centrase, saltaba de un tema a otro con rapidez. Me contaba acerca de su vida como productor de cine y parecía tener el mismo desorden.
En vez de hablarme de su cáncer me hablaba de informática para reducir el estrés. Gracias a su teléfono Blackberry estaba “super-conectado” y podía trabajar en “cualquier parte”. Le gustaba recibir llamadas y correos y hacer creer que estaba en su oficina estando en su casa. Me decía que podía jugar ajedrez con su hijo mientras leía los mensajes y atendía las llamadas. Me daba la impresión de que no estaba en ninguna parte.
En verdad no estaba ni con las llamadas, ni con el correo, ni con su hijo, ni en su oficina, ni en su casa. No centraba su atención en nada debido a esa efervescente actividad. Parecía estar siempre en ese estado mental de “tierra de nadie” en que todos caemos a veces, unos mas que otros. Ese estado en que nuestros pensamientos saltan todo el tiempo de un lugar a otro sin detenerse nunca: “la mente del mono”.
Hablé sobre Pedro con un amigo psiquiatra y me dijo medio en broma: “para comenzar debería pasarse dos semanas solo en el desierto aprendiendo a centrarse. Sino no podrá mejorar”. Y luego me dijo en serio: “la meditación puede ayudarlo”.

