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En El Desierto

No se mi edad. Nací en el desierto del Sahara en un campamento nómada, al norte de Mali. He sido el pastor de los asnos, cabras, camellos, corderos y vacas de mi padre. Los Tuareg pastoreamos en un espacio infinito y silencioso, moviéndonos de un lugar a otro según las estaciones. Me despierto con el sol y veo las cabras que nos dan leche y carne. Luego las llevo donde hay agua y hierba, al igual que mi padre y mi abuelo… En ese mundo no hay nada mas y soy feliz.

A los siete años puedes alejarte del campamento para aprender las cosas importantes: oler y saber lo que trae el aire, escuchar y conocer los diferentes sonidos, aguzar la vista y ver cada vez mas cosas, orientarte con el sol y las estrellas. Si te pierdes, dejarte llevar por el camello…

Allí todo es sencillo e importante. Hay pocas cosas, cada una tiene gran valor y ofrece su algo de felicidad. Cada contacto es valioso. Nos alegramos por el solo hecho de tocarnos, estar juntos, jugar… Allí nadie sueña con llegar a ser porque ya uno es.

Ahora estudio en la Universidad de Montpellier, Francia. Cuando vine vi correr la gente en el aeropuerto y me asusté. En el desierto solo corremos cuando viene una tormenta de arena. Observé carteles de chicas casi desnudas y pensé ¿Porqué esa falta de respeto hacia la mujer? Cuando vi las fuentes en las plazas sentí ganas de llorar. Allá el agua es tan preciosa… Aquí tienen de todo pero no les basta, pasan la vida quejándose, compitiendo, corriendo. En el desierto hay paz, nadie se queja, nadie quiere adelantar a nadie…

Añoro la leche de camella, el fuego de leña, caminar descalzo sobre la arena…y las estrellas, que vemos luminosas y cambiantes… Cada día antes de la puesta del sol baja el calor y el frío aun no ha llegado. Hombres y animales regresamos al campamento observando al sol que baja y a un cielo rosa, azul, rojo, amarillo, naranja. Momentos mágicos… Entramos en la tienda y ponemos agua a hervir… Sentados en silencio oímos como hierve…Damos gracias a Dios y disfrutamos esa paz y ese té…

Caminando…

Desde hace varios años camino por un sendero en El Avila, la bella montaña al norte de Caracas.  Aunque lo hago en horas de trabajo para la mayoría casi siempre me encuentro con otras personas.
Al principio comencé por mirar a la gente en los ojos en señal de saludo, de reconocimiento de su persona, queriendo evitar hacerme el indiferente o despreciativo.  Pero me molestaba cuando alguien no me miraba y parecía ignorarme.
Luego decidí dar los buenos días y observé que algunos me respondían y otros no.  La actitud de estos últimos también me molestaba, y pensaba,  “que amargados, que acomplejados”…
Luego di lo buenos días con mas énfasis, como para obligarlos a contestar.  Casi todos me contestaban, y los que no lo hacían los seguía condenando de amargados, resentidos, etc…
Un día comencé a cuestionarme, “¿Porqué me molesto cuándo me ignoran… por qué…?  Bueno, la verdad es que me molesta que me ignoren, que no me tomen en cuenta…Pero en verdad ese es mi problema…es cuestión de ego, de rollo mental…  Y además, molestarme me hace sentir mal, me hace daño, y nada gano…No me voy a molestar mas.”
Después observé que algunos me miran a los ojos y con ese reconocimiento parecen considerar que es suficiente, que no es necesario abrir la boca para decir buenos días.  Que no hace falta abrir la boca para saludar a alguien.  Pienso que tal vez actúan así para evitar un gasto de energía innecesario…Quizás tienen razón.
Ahora solo miro a los ojos en señal de reconocimiento, contesto a los que me saludan y acepto a los que me ignoran.  Y de estos últimos pienso, “Bueno, tienen sus rollos, sus resentimientos, pobrecitos, ojala pudiera ayudarlos.”… Lo lamento por ellos, no han conocido lo que es el amor en general, ni el amor por ellos mismos, ni por los demás.
Vivir sin saber verdaderamente lo que es amar lo que nos ofrece cada día y especialmente a los demás (que son lo mas importante para nuestra relación vital),  es vivir a medias, es vivir en la confusión, es vivir sin disfrutar realmente de la vida.