Estamos viviendo un mundo lleno de conflictos religiosos, políticos, económicos, sociales y ecológicos que con frecuencia llevan a enfrentamientos armados y aumentan a medida que aumenta la población. Un mundo donde la producción de armamentos es una de las principales industrias, donde la guerra y el terrorismo son comunes y donde el desprecio por la vida humana y el medio ambiente es alarmante. Estos hechos reflejan el estado de confusión y desarmonía de la humanidad y de muchos líderes religiosos y políticos.
Considerando el origen de estos graves conflictos creemos que las grandes religiones son las principales responsables ya que sus conceptos y prácticas son los que principalmente determinan el comportamiento y la cultura de los individuos y los pueblos. La función de las religiones es promover armonía y bienestar pero no lo han estado haciendo desde hace siglos. No han estado cumpliendo con su razón de ser.
Quizás porque las religiones a la vez que enseñan conceptos y prácticas positivos también los enseñan negativos. Conceptos negativos y fantasiosos que se nos exige creer como dogmas de fe (fe ciega) y que se registran en nuestra mente creando convicciones equivocadas. Pero estos conceptos negativos no son aceptados por nuestra intuición natural y como resultado nos producen angustia y confusión porque nuestra mente los cree y nuestro Espíritu los rechaza. Esta confusión y convicciones equivocadas las compartimos con el mundo exterior a través de nuestras palabras y acciones, generando separación, agresividad, conflicto y miseria.
Las enseñanzas religiosas son las mas influyentes en la evolución individual y el bienestar de los seres humanos, pero en parte son equivocadas.

